Hubo, cierta
vez, un arriero que transportaba sacos de sal en varios asnos, desde las
salinas al pueblo.
Y bien, al
volver de las salinas, uno de los asnos, al sentir sobre sus lomos que
la carga era pesada, empezó a caminar cabizbajo, tan lentamente como pudo,
demostrando así su disconformidad con el trabajo
Sucedió que,
al vadear el río, el asno tropezó con una piedra y cayó al agua, quedando
sumergida gran parte de los sacos de sal que transportaba.
Cuando se levantó,
al cabo de un rato, sintió el borrico que la carga se le había aligerado y se
puso loco de contento.
Cuando vadeó
un segundo riachuelo, el jumento fingió otro tropiezo y se dejó caer en el
agua. Al levantarse, notó que su carga se había aligerado aún más.
Pero el
dueño se dio cuenta de la astucia del asno y, viendo que había perdido tanta
sal, pensó en corregir la maña del animal.
Siguiendo su
plan, llenó los sacos con esponjas, ante el gran contento del asno, pues éste
aprecio que su carga era ahora más ligera que antes.
—Al pasar el
río disminuiré más mi carga —pensó el asno—. Me caeré nuevamente y haré luego
el viaje más aliviado aún.
En efecto,
el burro repitió la treta al vadear el río; pero, al salir del agua
percibió, con sorpresa, que esta vez su carga pesaba en extremo.
—¡En el
próximo riachuelo la reduciré! —se dijo.
Pero al
repetir su ardid, el peso de la carga aumento aún más.
—¿Qué habrá
pasado? —se repetía el asno, sorprendido en extremo—. Bueno, ya no debo tirarme
al agua si no quiero que se rompa mi espinazo.
Desde
entonces, el arriero no volvió a sufrir percance alguno en el transporte de la sal.
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